martes, 19 de septiembre de 2017

Dos gallos presidenciables en el corral del Presidente

30 de marzo de 1981. Con el atentado contra la vida del Presidente Ronald Reagan asoma a la superficie la rivalidad entre Alexander Haig y George Bush, dos hombres de la misma quinta (nacidos en 1924) que ambicionan con suceder al comandante en jefe en 1984 (si no se presenta a la reelección debido a su edad) o 1988.


Haig, secretario de Estado, es un General de cuatro estrellas que ha servido a tres Presidentes y tiene
sus propias ambiciones presidenciales. Es el hijo de un abogado. Se graduó por West Point y luchó en Corea y Vietnam. Es el miembro del gabinete que más titulares genera y quiere ser más poderoso que sus antecesores al frente del Departamento de Estado. Le gusta decir que es el vicario de Reagan en política exterior.


Bush, Vicepresidente, es hijo de un senador y fue
educado para ser Presidente algún día. Su hambre por la Presidencia es de dominio público desde finales de los años sesenta, cuando descuidó la planificación a largo plazo de su negocio petrolero para buscar sin éxito un escaño en el Senado como su padre. Ahora teme que una Vicepresidencia sin funciones concretas perjudique sus planes.


A las 2:27 de la tarde, cuando el Presidente recibe un balazo en su pulmón izquierdo a unas manzanas de la Casa Blanca, Bush se encuentra
en Texas a bordo del Air Force Two acompañado de tres aliados políticos, el Gobernador Bill Clements y los Congresistas Jim Collins y Bill Archer. También le acompaña el Líder de la Mayoría de la Cámara de Representantes de EEUU, el demócrata texano Jim Wright. Un pequeño grupo de leales y un líder parlamentario del partido rival es justo lo que todo hombre querría tener al alcance si se viera en la situación de heredar la Presidencia en unas circunstancias dramáticas. Por casualidades de la vida, horas antes del atentado, Bush ha estado en Fort Worth dedicando una placa de lugar histórico al Hyatt Regency, el hotel donde JFK pasó su última noche.


El Air Force Two permanece reabasteciéndose en el aeropuerto de Austin con Bush a bordo hasta más de una hora y media después de las primeras informaciones del atentado. Los más suspicaces o malpensados especularán con que Bush quiere permanecer en tierra para tener acceso rápido a un juez por si tiene que jurar el cargo de Presidente. Finalmente, pasadas las 4 de la tarde, hora del Este, el avión del Vicepresidente despega rumbo a Washington, DC.


El gabinete se encuentra reunido en la Sala de Situaciones de la Casa Blanca, situada en el sótano del Ala Oeste. Con el personal más cercano al Presidente (el Jefe de Gabinete, James Baker y el consejero principal, Ed Meese) en el Hospital George Washington, Haig, el hombre más experimentado del gobierno, se arroga el papel de sustituto del Presidente y el Vicepresidente y lleva la voz cantante en el manejo de la crisis.


En medio de la confusión informativa y con el subsecretario de prensa, Larry Speakes, completamente superado por la situación (el secretario de prensa, James Brady, iba acompañando al Presidente y ha resultado gravemente herido en el tiroteo), Haig decide irrumpir en la sala de prensa a las 4:14 de la tarde. "Damas y caballeros, quisiera tocar de pasada algunas cosas asociadas con la tragedia de hoy. En primer lugar, como sabéis, estamos en contacto permanente con el Vicepresidente, quien está volviendo a Washington", dice el secretario de Estado. "Hemos informado de la situación a nuestros amigos en el exterior. Por lo que sabemos, la condición del Presidente es estable y ahora está siendo sometido a una operación quirúrgica. Y en este momento no estamos contemplando medidas de alerta de ninguna manera".


Preguntado sobre quién está tomando las decisiones de gobierno en ese momento, Haig responde: "Constitucionalmente, caballeros, está el Presidente, el Vicepresidente y el secretario de Estado, en ese orden. Y si el Presidente decide que quiere transferir el timón al Vicepresidente, así lo hará. No lo ha hecho. Por ahora, yo estoy al mando aquí en la Casa Blanca, aguardando el regreso del Vicepresidente y en contacto permanente con él. Si surge algo, lo verificaría con él, por supuesto".


Bush llega a la Casa Blanca a las 7 de la tarde, cuando a Reagan ya le ha sido extraída la bala y se sabe que sobrevivirá. Richard Allen, consejero de seguridad nacional del Presidente, le presenta el borrador de la declaración que hará a los medios que le esperan en la sala de prensa.


"Tengo una declaración muy breve que me gustaría leer", dice Bush desde el atril del portavoz. "Estoy sumamente animado por el informe del doctor O'Leary sobre la condición del Presidente. Ha salido de esta experiencia brillantemente y con las perspectivas más optimistas para una recuperación completa. Puedo asegurar a la nación y al mundo que nos está mirando que el gobierno americano está funcionando plena y eficazmente. Hemos tenido una plena y completa comunicación a lo largo del día y los oficiales del gobierno federal han estado cumpliendo sus obligaciones con habilidad y cuidado. Ahora hablo en nombre del Presidente y de su familia cuando digo que les estamos muy agradecidos a todos, a muchas personas de todo el país que han expresado su preocupación por este acto de violencia. Finalmente, permítanme que añada nuestra profunda preocupación por los dos valientes agentes del orden público que sirvieron para proteger al Presidente y, por supuesto, por el amigo de todos aquí, el entregado servidor público Jim Brady. Vamos a seguir su evolución con todas nuestras oraciones y todas nuestras esperanzas. Y ahora voy a acercarme a hablar brevemente con la señora Reagan, que ha regresado a la residencia. Muchas gracias a todos".


El Vicepresidente abandona la sala de prensa sin aceptar preguntas.


Todas las declaraciones vertidas en la sala de prensa de la Casa Blanca el 30 de marzo de 1981 (David Gergen, Larry Speakes, Haig y Bush)



Unas lecturas de interés:


* Dos días antes del atentado, el diario español El País se refiere (aquí y aquí) a la lucha de poder entre Haig y Bush. 


The Dallas Morning News nos relata aquella tensa jornada desde el punto de vista de Bush.

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